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Full text of "El Judio En El Misterio De La Historia"

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Julio Meinvielle 



propiedad del autor; 

para mas info bredicion2@gmail.com 


Quinta edición 


EDICIONES THEORIA 

Buenos Aires 



PROLOGO A LA TERCERA EDICION 


La primera edición de este ensayo tiene ya más de veinte 
años. Pero su posición no ha cambiado en lo más mínimo. Ni 
podrá cambiar. Al examinar la razón del problema judío — que 
es un problema tan fundamental co-mo la historia misma — 
hemos tratado sobre todo de determinar su raíz. Y ella no 
está en la economía, ni en la política, ni en la sociología, ni 
en la antropología, sino únicamente en la teología. El pueblo 
judío es un pueblo sagrado, elegido por Dios de entre todos 
los pueblos para cumplir la misión salvífica de la humanidad, 
cual es la de traernos en su carne al Redentor. Y este pueblo 
se ha hecho, en parte, infiel a su vocación, y por ello cumple 
en la humanidad la misión sagrada y diabólica de corromper 
y dominar a todos los pueblos. 

Este libro quiere ser una meditación — una simple me- 
ditación — sobre este punto preciso, para destacarlo en toda 
su fuerza y hacerlo penetrar en la mente distraída del hom- 
bre moderno. 

El estudio de este punto nos ha conducido a introducir 
en esta tercera edición un cuarto capítulo, que se intitula "El 
judío en el misterio de la historia", y en el cual se considera 
el papel excepcional que le toca desempeñar al judío en la 
historia y en la escatalogía. Esta consideración es también 
de tipo teológico, basada sobre la exégesis de los capítulos 
noveno, décimo y undécimo de la Carta de San Pablo a los 
romanos. 

Al añadir este nuevo capítulo tuvimos mucho cuidado 


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de no quitar nada de lo anterior. Sin embargo, el punto de 
vista general con que aparecía enfocado el problema a través 
de todo el libro era como transportado a otro nivel, que lo 
hacía menos polémico. Por lo mismo, preferimos cambiar el 
título con que aparecieron la primera y segunda ediciones, 
y denominar a esta tercera con el título del nuevo capítulo. Y 
así, en efecto, nuestro libro "El judío" se llamará, de ahora en 
adelante, "El judío en el misterio de la historia". 

Como han persistido hasta aquí las disenciones entre 
judíos y cristianos sobre la perversidad delTalmud, verdadero 
y único libro sagrado del judío, hemos utilizado para esta 
edición el libro famoso del I. B. Pranaitis "Cristo e i cristiani 
nel Talmud", donde su autor reproduce fotográ-ficamente 
el texto hebreo de los lugares en que el Talmud se refiere 
a Cristo y los cristianos. A título de muestra, y para que el 
lector tenga una idea exacta del valor del libro de Pranaitis, 
reproducimos en esta edición copia fotográfica de algunas 
páginas de dicho libro. 

Las variantes que hemos introducido en diversos 
pasajes de la presente edición no afectan en lo más mínimo 
el contenido, sino que tratan de reforzarlo. 


El Autor 


Buenos Aires, en la fiesta de los 
Santos Apóstoles Pedro y Pablo de 1 959. 


Judíos y gentiles, no tenéis otro 


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nombre en el que podáis lograr la Salud, 
más que en el nombre de Jesús. (San 
Pedro en los Hechos de los Apóstoles, IV, 
12). 

Sólo en la fe y en el amor de Cristo se 
puede lograr vuestra reconciliación. 

En la medida en que os apartáis de 
Cristo, aumentáis la carga de vuestras 
culpas y aumentáis también vuestra mutua 
enemistad. 

Cristo es la Grandeza y Unión de ju- 
díos y gentiles porque Emmanuel nos fue 
dado como Paz a los hombres de buena 
voluntad. 

PROLOGO A LA PRIMERA EDICION 


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No es posible disimular que el tema del presente libro 
es sumamente difícil y sumamente apasionante. 

Difícil, porque el pueblo judío llena toda la historia de 
Dios y de los hombres. ¿Qué período de la historia se puede 
escribir sin mencionar a este pueblo? Sin mencionar a este 
pueblo glorificándolo o condenándolo, pero es forzoso hacer 
mención de él. Dos son los misterios de la historia, ha dicho 
un escritor judío (Ed. Fleg, Jesús Racconté par lejuiferrant, p. 1 77): 
¡Jesús es un misterio como Israel es un misterio! Y cuando 
ponéis juntos estos dos misterios, ¿queréis que os diga lo 
que pasa? ¡Hay un tercer misterio más misterioso, él solo, 
que los otros dos! 

Apasionante, porque ¿quién puede ocuparse del judío 
sin un sentimiento de admiración o de desprecio, o de ambos 
a la vez? Pueblo que un día nos trajo a Cristo, pueblo que le 
rechazó, pueblo que se infiltra en medio de otros pueblos, no 
para convivir con ellos, sino para devorar insensiblemen-te 
su substancia; pueblo siempre dominado, pero pueblo lleno 
siempre de un deseo insolente de dominación. 

Más apasionante aún ahora, porque la dominación de 
este pueblo, aquí y en todas partes, va cada día siendo más 
efectiva. Porque los judíos dominan a nuestros gobiernos 
como los acreedores a sus deudores. Y esta dominación 
se hace sentir en la política internacional de los pueblos, 
en la política interna de los partidos, en la orientación 
económica de los países; esta dominación se hace sentir 
en los ministerios de Instrucción Pública, en los planes 
de enseñanza, en la formación de los maestros, en la 
mentalidad de los universitarios; el dominio judío se ejerce 

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sobre la banca y sobre los consorcios financieros, y todo el 
complicado mecanismo del oro, de las divisas, de los pagos, 
se desenvuelve irremediablemente bajo este poderoso 
dominio; los judíos dominan las agencias de información 
mundial, los rotativos, las revistas, los folletos, de suerte que 
la masa de gente va forjando su mentalidad de acuerdo a 
moldes judaicos; los judíos dominan en el amplio sector de 
las diversiones, y así ellos imponen las modas, controlan los 
lupanares, monopolizan el cine y las estaciones de radio, de 
modo que las costumbres de los cristianos se van modelando 
de acuerdo a sus imposiciones. 

¿Dónde no domina el judío? Aquí, en nuestro país, 
¿qué punto vital hay de nuestra zona donde el judío no se 
esté beneficiando con lo mejor de nuestra riqueza al mismo 
tiempo que está envenenando nuestro pueblo con lo más 
nefasto de las ideas y diversiones? Buenos Aires, esta gran 
Babilonia, nos ofrece un ejemplo típico. Cada día es mayor 
su progreso, cada día es mayor también en ella el poder 
judaico. Los judíos controlan aquí nuestro dinero, nuestro 
trigo, nuestro maíz, nuestro lino, nuestras carnes, nuestro pan, 
nuestra leche, nuestras incipientes industrias, todo cuanto 
puede reportar utilidad, y al mismo tiempo son ellos quienes 
siembran y fomentan las ideas disolventes contra nuestra 
Religión, contra nuestra Patria y contra nuestros Hogares; 
son ellos quienes fomentan el odio entre patrones y obreros 
cristianos, entre burgueses y proletarios; son ellos los más 
apasionados agentes del socialismo y comunismo; son ellos 
los más poderosos capitalistas de cuanto dancing y cabaret 
infecta la ciudad. Diríase que todo el dinero que nos arrebatan 
los judíos de la fertilidad de nuestro suelo y del trabajo de 
nuestros brazos será luego invertido en envenenar nuestras 
inteligencias y corromper nuestros corazones. 

Y lo que aquí observamos se observa en todo lugar 
y tiempo. Siempre el judío, llevado por el frenesí de la 
dominación mundial, arrebata las riquezas de los pueblos 


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y siembra la desolación. Dos mil años lleva en esta tarea 
la tenacidad de su raza, y ahora está a punto de lograr una 
efectiva dominación universal. 

¡Y pensar que este pueblo proscripto, que sin asimiliarse 
vive mezclado en medio de todos los pueblos, a través de las 
vicisitudes más diversas, siempre y en todas partes intacto, 
inmodificable, inconfundible, conspirando contra todos, es 
el linaje más grande de la tierra! 

El linaje más grande, porque este linaje tiene una historia 
indestructible de 6.000 años. El linaje más grande porque de 
él tomó carnes el Cristo, Hijo de Dios vivo. 

Y bien, este pueblo que aquí y en todas partes, ahora y 
en los veinte siglos de civilización cristiana, llena todo a pesar 
de ser una infinitésima minoría, ¿qué origen tiene?, ¿cómo 
y por qué se perpetúa?, ¿qué suerte le cabe en la historia?, 
¿qué actitud hay que tomar frente a él? He aquí lo que espero 
explicar en los capítulos siguientes. 

Explicar, digo, porque estas páginas pretenden ser una 
explicación del judío, y en este caso, la única posible, una 
explicación teológica. La Teología es la ciencia de los misterios 
de Dios. Los misterios de Dios son los juicios inescrutables 
del Altísimo que nos son conocidos cuando El se digna 
manifestárnoslos. Sin su manifestación jamás podríamos ni 
vislumbrarlos. 

Ahora bien, el judío, como enseña la Teología católica, 
es objeto de una especialísima vocación de Dios. Solo a la 
luz teológica puede explicarse el judío. Ni la psicología, ni las 
ciencias biológicas, ni aun las puras ciencias históricas pueden 
explicar este problema del judío, problema universal y eterno, 
que llena la historia por sus tres dimensiones; problema que 
por su misma condición requiere una explicación universal y 
eterna, que valga hoy, ayer y siempre. Explicación que, como 
Dios, debe ser eterna; es decir, teológica. 

¿Será menester advertir que estas lecciones, que tocan 
al vivo un problema candente, no están de suyo destinadas 
a justificar la acción semita ni la antisemita? Ambos términos 


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tienden a empequeñecer un problema más hondo y universal. 
En el problema judaico no es Sem contra Jafet quien lucha, 
sino Lucifer contra Jehová, el viejo Adán contra el nuevo 
Adán, la Serpiente contra la Virgen, Caín contra Abel, Ismael 
contra Isaac, Esaú contra Jacob, el Dragón contra Cristo. La 
Teología Católica, al mismo tiempo que derramará la luz 
sobre "el misterio ambulante" que es todo judío, indicará las 
condiciones de convivencia entre judíos y cristianos, dos 
pueblos hermanos que han de vivir separados hasta que la 
misericordia de Dios disponga su reconciliación. 

Buenos Aires, 1936. 


Capítulo I 


EL JUDIO SEGUN LA TEOLOGIA CATOLICA 


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El judío no es como los demás pueblos, que hoy nacen 
y mañana fenecen; que crean una civilización admirable 
restringida a un punto del tiempo y del espacio. Recordemos 
los grandes imperios de los egipcios, de los asirios, de los per-sas, 
de los griegos y romanos. Su gloria fue gloria de un día. 

El pueblo judío, porción minúscula enclavada en la 
encrucijada del Oriente y del Occidente, está hecho de 
pequenez para llevar el misterio de Dios a través de los siglos. 
Y para llevar este misterio grabado en su carne. 

No debe crear una civilización porque esto es humano, 
y a él está reservado lo divino. 

Es el pueblo teológico, que Dios crea para sí. Moisés 
nos refiere en el Génesis cómo el Sr. Yahavé, 2.000 años a. C., 
llama al Patriarca Abrahán, que vivía en Ur de Caldea, en la 
Mesopotamia, y le dice: 

1 . Sal de tu tierra y de tu parentela y de la casa de tu padre 
y ven a la tierra que te mostraré. 

2. Y hacerte he en gran gente, y te bendeciré, y engrandeceré 

tu nombre, y serás bendito. 

3. Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que 
te maldigan, y en tí serán benditos todos los linajes de 
la tierra. Cap 12 

El pueblo judío, hijo de Abrahán, tiene entonces su origen 
en Dios, porque El lo selecciona del resto de la humanidad y 
porque a él le promete su bendición en forma tal que en él 
serán benditos todos los linajes de la tierra. Israel, entonces, 
es grande, y grande con grandeza teológica. 

¿Pero esta grandeza de Israel estriba puramente en su 
descendencia carnal de Abrahán, en que este pueblo está, 
formado en los lomos del Patriarca, o en cambio estriba en 


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la fe que tiene Abrahán en la Promesa de Dios? 

Esto es sumamente importante; porque si las bendicio- 
nes de Dios son para la descendencia carnal de Abrahán, para 
la pura descendencia carnal, entonces por el hecho de ser 
hijo de Abrahán, el pueblo judío será elegido y bendito; entre 
todos los linajes de la tierra. Si en cambio las bendiciones 
están reservadas a la fe en la Divina Promesa, la pura 
descendencia carnal no vale; es necesaria la descendencia 
de Abrahán por la fe en la Promesa, o sea una descendencia 
espiritual fundada en la fe. 

Ismael e Isaac 

¿En qué estriba, entonces, la grandeza de Israel, según los 
divinos designios? Para mostrarlo, Dios le da a Abrahán dos 
hijos. Uno, de su esclava Agar, que nace en forma corriente y 
natural, y recibe el nombre de Ismael. El otro que contra toda 
esperanza le pare su mujer Sara en la vejez, de acuerdo a la 
Promesa de Dios, y que es llamado Isaac. 

Con Isaac y con su descendencia después de él confirma 
Dios el pacto celebrado con Abrahán. A Ismael le otorga 
el Señor también una bendición puramente material, 
prometiéndole hacerle caudillo de un gran pueblo. De este 
Ismael descienden los actuales árabes, que tan reciamente 
se han opuesto a la entrada de los judíos en Palestina. Como 
Ismael, el hijo de la esclava, se burlase y persiguiese a Isaac, 
Abrahán, a instancia de Sara, su mujer, y de acuerdo a la orden 
de Dios, tuvo que echarlo de su casa. (Ver Génesis, cap. 21). 

¿Qué significado tienen estos dos hijos de Abrahán, 
Ismael e Isaac? San Pablo, el gran Apóstol de los Misterios de 
Dios, nos explica que en Ismael e Isaac están pre-figurados 
dos pueblos. (San Pablo ad. Gál. 4). 

Ismael, que nace primero de Abrahán, como fruto natural 
de su esclava Agar, figura la Sinagoga de los judíos, que se 
gloría de venir de la carne de Abrahán. Isaac, en cambio, que 
nace milagrosamente de acuerdo a la promesa divina, de Sara 


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la estéril, representa y figura a la Iglesia, que ha surgido, como 
Isaac, por la fe en la Promesa de Cristo. 

No es, por tanto, la descendencia carnal de Abrahán lo 
que salva, sino su unión espiritual por la fe en Cristo. 

El pueblo judío, formado en Abrahán, no es preci-samente 
por su unión carnal con Abrahán, sino aseme-jándosele en la 
fe, creyendo en Cristo, como puede lograr su salud. 

Todos los que se unen con Cristo forman la descen- 
dencia bienaventurada de Abrahán y de los Patriarcas, y son 
el objeto de las Divinas Promesas. La Iglesia es Sara hecha 
fecunda por la virtud de Dios. El espíritu vivifica, y la carne, en 
cambio, nada vale, decía más tarde Jesucristo. (S. Juan, 6) 

¿Podría suceder que este pueblo, o parte de este pueblo, 
unido por lazos carnales con Abrahán, creyese que esta pura 
unión genealógica es la que justifica y salva? 

Sí podría suceder, y sucedió. . . Y para prefigurarlo, 
comenta el Apóstol San Pablo, dispuso Dios que Abrahán 
tuviese dos hijos, uno de la esclava y otro de la libre. Mas el de 
la esclava nació según la carne, al contrario, el de la libre nació 
en virtud de la Promesa. Todo lo cual fue dicho por alegoría 
para significar que el hecho de una pura unión carnal con 
Abrahán está representado en Ismael, el hijo de la esclava, 
y la imitación de Abrahán por la fe en Jesucristo figurada en 
Isaac, el hijo de la Promesa. 

De aquí que haya que distinguir entre los verdaderos 
israelitas porque imitaron su fe en Dios creyendo en 
Jesucristo, y éstos están figurados en Isaac, y los israelitas que 
descienden de Abrahán por la carne sin imitar su fe, y éstos 
están figurados en Ismael. 

Ismael perseguía a Isaac. Y San Pablo, comentando, 
añade: Mas así como entonces el que había nacido según 
la carne perseguía al nacido según el espíritu, así sucede 
también ahora. (Gál. 4, 29). 

Y aquí está expresada la necesidad teológica de que 
Ismael persiga a Isaac, la Sinagoga persiga a la Iglesia, los 
judíos que están unidos con Abrahán por sólo una unión 
carnal persigan a los cristianos, verdaderos israelitas, unidos 

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por la fe en Cristo. 


Esaú y Jacob 

El mismo misterio nos lo revelan los dos hijos que el 
Señor concedió al Patriarca Isaac: Esaú y Jacob. 

Nos refiere el Génesis en el capítulo 25: 

21. Hizo Isaac plegarias al Señor por su mujer porque era 
estéril, y el Señor le oyó, dando a Rebeca virtud de 
concebir. 

22. Pero chocaban entre sí, en el seno materno, los gemelos 
que concibió; lo que le hizo decir: Si esto me había de 
acontecer, ¿qué provecho he sacado yo de concebir? Y 
fue a consultar al Señor. 

23. El cual respondió diciendo: Dos naciones están en tu 
vientre y dos pueblos saldrán divididos en tu seno, y el 
uno sojuzgará al otro pueblo y el mayor ha de servir al 
menor. 

24. Llegado ya el tiempo del parto, he aquí que se hallaron 
dos gemelos en su vientre. 

25. El que salió primero era rubio y todo velludo, a manera 
de un pellico, y fue llamado Esaú. Saliendo inmedia- 
tamente el otro, tenía asido con la mano el talón del pie 
del hermano, y por eso se le llamó Jacob. 

San Pablo, en su carta a los romanos, donde revela el 
misterio del pueblo judío, hace ver cómo Esaú, el mayor 
según la carne, es el pueblo judío, unido con Abrahán por 
puros lazos de sangre, y Jacob, el hermano menor, es la Iglesia 
(formada de judíos y gentiles), que porque está unida por la 
fe en Cristo, es preferida a Esaú. Y así se cumplen las palabras 
escritas: He amado más a Jacob y he aborrecido a Esaú. Y así la 
Iglesia vence a la Sinagoga, aunque la Sinagoga, como Esaú, 
mantiene vivo su odio y dice en su corazón: Yo mataré a mi 
hermano Jacob. (Gén., 27, 41 ). 


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Grandeza del pueblo judío 



He recordado estas figuras de los antiguos Patriarcas no 
como evocación literaria, sino porque en el origen mismo del 
pueblo judío, en Abrahán y en Isaac, está figurada la grandeza 
y miseria de este pueblo y su oposición con la Iglesia. 

El pueblo judío es el linaje teológico, escogido, consa- 
grado, santificado para significar y traernos en su carne a Ese 
otro que había de venir, al Esperado de las naciones. 

He aquí lo tremendo de ese pueblo: su carne está 
santificada y estigmatizada para traernos a Aquel que es la 
Verdad y la Vida; que es la Salud de los hombres. 

Pero, ¿por qué esta carne es santa? ¿Porque es del linaje 
de Abrahán, o porque ha de traernos a Cristo? 

En otros términos: ¿Es Cristo quien santifica al linaje 
judío, o es el linaje judío el que santifica al Cristo? 

He aquí, entonces, que Cristo, como había predicho Isaías 
(ad. Rom. 9, 32), ha sido puesto como piedra de tropiezo y de 
escándalo para este pueblo. 

Porque si este pueblo, con la humildad de Abrahán, cree 
en el Cristo que santifica su linaje, está llamado a ser raíz y 
tronco de una frondosa Oliva que es la Iglesia de Jesucristo; si 
en cambio parte de este pueblo rechaza al Cristo fundado en 
la soberbia de su linaje, está llamado a ser la raíz y el tronco 
de una Vid silvestre que no produce sino frutos amargos de 
pecado. 

Si lo primero, este pueblo será Isaac, Jacob, Abel; si lo 
segundo, este pueblo está llamado a desempeñar el papel 
de Ismael, Esaú, Caín. 

Pero este linaje escogido siempre tendrá superioridad 
sobre los otros linajes de la tierra. Si acepta al Cristo será lo 
prinicipal, lo mejor de la Iglesia. Será la raízy el tronco de esa 
Oliva que produce frutos para la vida eterna, como enseña 
el Apóstol. Si rechaza al Cristo será también lo principal, es a 
saber, lo peor en el reino de la iniquidad. 

El Apóstol San Pablo, que con orgullo se sentía israe-lita, 
subraya esta superioridad del judío en lo bueno y en lo malo 
cuando, escribiendo a los Romanos, dice (2, 9): 


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Así que tribulación y angustia aguardan al alma de 
todo hombre que obra mal, del judío primero y después del 
griego. 

Mas la gloria y el honoryla paz serán de todo aquel que 
obra bien, del judío primero y después del griego. 

Grande es, pues, la superioridad de los judíos, enseña 
el mismo Apóstol, porque a ellos les fueron confiados los 
oráculos de Dios. 

El judío es, entoces, primero en el orden de la bondad, 
en el misterio de la gracia. Judío, entonces, el tronco del árbol 
que es la Iglesia. Judíos o Israelitas, los Patriarcas; Judíos los 
Profetas; Judío, Bautista el Precursor; Judío, San José; Judía, 
la Madre de Dios; Judío, Nuestro Adorable Salvador, en 
quien son benditas todas las naciones. Judíos los Apóstoles 
y Evangelistas; Judío, el Protomártir Esteban. 

¡Qué pueblo, este pueblo teológico, hecho tronco del 
Arbol de la Iglesia! 

Delante de esta Oliva, ¿qué valen los pueblos gentiles 
que no son más que pobre acebuche? 

¿Qué el poderío de Roma y la ciencia de los griegos? 
Estulticia y necedad, los llama el Apóstol, porque absoluta- 
mente de nada sirven para la salud. 

Los gentiles, con los griegos a la cabeza, si quieren entrar 
en la vía de salud tienen que entrar de limosna, aprovechando 
que algunos judíos serán rechazados para que ellos puedan 
ser injertados, y así dice el Apóstol que la caída de parte del 
pueblo judío: 

1 6. Ha venido a ser una ocasión de salud para los gentiles. 

17. Si algunas ramas han sido cortadas, y si tú, pueblo 
gentil, que no eres más que un acebuche, has sido 
injertado en lugar de ellos y hecho participante de la 
savia que sube de la raíz del Olivo. 

18. No tienes de qué gloriarte contra las ramas. Y si te 
glorías, sábete que no sustentas tú a la raíz, sino la raíz 
a tí. (ad. Rom. 11). 


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